Simplemente no tengo ganas…
¿Te ha pasado que sabes que deberías leer la Palabra, pero simplemente no tienes ganas? Seamos honestos: todos hemos experimentado momentos de dejadez, cansancio espiritual o falta de deseo de abrir la Biblia. Si hoy te sientes así, te tengo una buena noticia: no estás solo. Este sentir es más común de lo que pensamos, y no significa que tu fe esté fallando.
Recientemente, en una clase, alguien habló de este mismo tema y usó una expresión que se quedó conmigo: “force feeding”, es decir, obligarnos a alimentarnos. Al escucharla, algo hizo clic en mí. Es parecido a cuando un paciente no siente apetito, pero el médico insiste en que debe comer porque su cuerpo necesita fuerzas para sanar. No se trata de antojo ni de emoción, sino de supervivencia y restauración.
Así también ocurre con la Palabra: aun cuando no sentimos hambre, nuestro espíritu necesita ese alimento para mantenerse vivo y fortalecido. Hay temporadas en las que el hambre espiritual parece dormida, pero es justamente ahí donde debemos ser intencionales. Aunque no sintamos, aunque cueste, seguimos comiendo… y poco a poco, el apetito vuelve a despertar. No dejes de alimentarte. Hoy puede ser el día en que retomes el hábito, no por emoción, sino por convicción. Tu espíritu lo necesita.
Recuerda que no todo crecimiento espiritual nace del deseo; muchas veces nace de la decisión. Habrá temporadas donde el hambre disminuye, las prioridades cambian o el corazón se siente distraído, pero la necesidad de la Palabra debe permanecer. No te condenes, sé intencional. Aliméntate aun cuando no sientas, rinde tu corazón y confía en que, con el tiempo, el apetito volverá. No estás solo, y hoy sigue siendo un buen día para volver a la mesa y responder.
Reflexiona en esto:
Salmo 27:8 “Mi corazón te ha oído decir: ‘Ven y conversa conmigo’. Y mi corazón responde: ‘Aquí vengo, Señor’.”
Dios nos invita a conversar con Él a través de Su Palabra. La invitación ya está ahí, como un abrazo extendido: cada versículo es una oportunidad para escuchar Su voz y para que nuestro corazón responda. No necesitamos esperar a sentir ganas; simplemente abrir la Biblia es acercarnos a la presencia de Aquel que nos ama y nos conoce profundamente.
Nuestra respuesta, aunque pequeña, es significativa: decir “Aquí estoy, Señor” mientras leemos, meditamos y permitimos que Su Palabra transforme nuestro corazón. Cada palabra que recibimos de Él es un diálogo que nutre, corrige y fortalece nuestra relación.
Bendiciones,
Betzy Gomez